Victoria llegó a la mansión Altamirano poco antes de la comida.El guardia abrió el portón en cuanto reconoció su auto. Ella avanzó por la entrada sin prisa, con esa incomodidad que siempre le provocaba volver a la casa de sus padres. No era miedo. Era esa sensación de saber que, apenas cruzara la puerta, volvería a ser la hija que todos comparaban con Fernanda.No había ido desde hacía semanas, pero nada parecía haber cambiado.La casa seguía igual de ordenada, igual de correcta, igual de ajena.Cuando entró, el ama de llaves la recibió en el vestíbulo.—Señora Montenegro, sus padres la esperan en el comedor.Victoria asintió.Señora Montenegro.En la casa de sus padres, ese apellido parecía importar más que su nombre. Ya no era solo Victoria, la hija menor. Era la esposa de Adrián, la mujer que había servido para mantener en pie un acuerdo que todos dieron por perdido cuando Fernanda quedó en coma.Caminó hacia el comedor, pero se detuvo al pasar junto a una fotografía familiar.Fer
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