Victoria apenas llevaba unas horas de vuelta en la mansión cuando escuchó voces infantiles al otro lado del pasillo. Al principio creyó que el cansancio le estaba jugando una mala pasada. La mansión Montenegro siempre había sido demasiado silenciosa, demasiado medida, demasiado acostumbrada a esconder cualquier señal de vida que no encajara con el orden de Regina. Sin embargo, volvió a escucharlas. Una voz pequeña, contenida, y luego otra más firme, aunque igual de prudente, casi escondida entr