A la mañana siguiente, Isabel llegó con el rostro deshecho. Ernesto caminaba a su lado, rígido, intentando sostener una dignidad que no alcanzaba a ocultar la vergüenza. Ninguno saludó a Adrián al entrar a la habitación; ambos miraron directamente a Victoria, como si apenas entonces comprendieran que su hija menor no solo había estado al borde de la muerte por una enfermedad, sino por una violencia nacida dentro de su propia familia.
—¿Cómo sigue? —preguntó Isabel.
Adrián se apartó de la puerta