Victoria lo miró en el espejo, con los ojos húmedos.
—No.
Adrián continuó, más despacio.
Cuando terminó, la ayudó a ponerse el pijama. Victoria se dejó guiar, todavía apenada por necesitarlo para algo tan básico, pero ya sin la misma rigidez del principio. Sus manos temblaron al acomodarse la tela sobre el cuerpo, y Adrián esperó hasta que ella estuviera lista antes de tocarla de nuevo.
—Ya está —dijo él, bajando la voz.
Victoria miró hacia la cama, agotada hasta los huesos.
—Gracias.
Adrián no