Adrián estaba del otro lado.
Tenía una mano apoyada entre las puertas del elevador y el rostro marcado por una tensión que ella no supo leer de inmediato. No parecía molesto. Tampoco parecía tranquilo. Había llegado con el saco abierto, la corbata apenas floja y esa expresión contenida que en otro tiempo habría bastado para imponer silencio en cualquier sala. Pero en ese instante no estaba frente a directores ni empleados.
Estaba frente a ella.
—Victoria.
Ella tardó unos segundos en encontrar l