Aprovechando la oscuridad de la noche, Mia salió de la mansión con pasos apresurados, casi temblorosos.
La brisa fría le azotaba el rostro y le erizaba la piel, pero no se detenía.
Cada sombra parecía perseguirla, y cada crujido de la calle la hacía saltar. No había tiempo para pensar, no podía permitir que el miedo la detuviera ahora.
Sabía que lo que estaba a punto de hacer pondría todo en juego, pero también entendía que no había vuelta atrás.
Al salir, levantó la mano y detuvo un taxi que pa