Benjamín irrumpió en la habitación como un vendaval, y lo que vio lo dejó momentáneamente paralizado: Ricardo, con los ojos desorbitados, tenía ambas manos apretadas contra el cuello de su madre.
No era la primera vez que esa mujer lograba sacarle lo peor, pero aquella escena era más cruda, más peligrosa, como si todo el rencor de años estuviera concentrado en esos dedos que apretaban sin piedad.
Rebeca intentaba zafarse, pero sus labios apenas podían articular sonidos; sus uñas arañaban los bra