—¡Tú! —escupió la palabra como si le quemara en la lengua—. ¿Qué haces aquí?
La silueta en la puerta se deslizó hacia adelante, emergiendo de las sombras como un espectro que volvía del pasado.
Cuando la luz tenue de la lámpara iluminó aquel rostro, el corazón de Abril se detuvo por un instante.
Eran los ojos de Rebeca, fríos, calculadores, brillando con una mezcla venenosa de furia y satisfacción.
El aire en la habitación se volvió pesado, sofocante, como si el oxígeno hubiera huido.
Abril retr