Amadeo caminó por el cuarto de baño con paso felino, como si cazara algo invisible.
Abrió uno a uno los cubículos, inspeccionándolos con paciencia.
Luego cruzó hacia el cuarto de trebejos, ese pequeño almacén de limpieza donde el olor a cloro flotaba entre estantes polvorientos.
Comprobó que no había nadie. Sonrió.
Esa sonrisa... era peligrosa, afilada como una navaja recién desenvainada.
Con una calma perturbadora, tomó uno de los anuncios impresos que había visto en la entrada.
Lo dobló con cu