Amadeo se incorporó lentamente, con la calma peligrosa de una tormenta que apenas comienza a gestarse.
Sus ojos, oscuros como la noche antes del desastre, se clavaron en el hombre que acababa de insultar a Abril.
Ella sintió que el suelo se deshacía bajo sus pies. Su corazón retumbaba en su pecho como si intentara advertirle que algo irreversible estaba por suceder.
El aire se volvió denso, casi irrespirable. Amadeo avanzó, firme, directo, como si cada paso arrastrara con él un juicio.
Se detuv