La marcha nupcial comenzó a sonar con fuerza solemne, reverberando entre los muros antiguos de la iglesia como una promesa sagrada.
Los invitados se pusieron de pie al unísono, volteando sus miradas hacia las dos novias que avanzaban por el pasillo central, vestidas de blanco, radiantes pero con destinos tan distintos como el día y la noche.
Amadeo la vio.
Abril caminaba hacia él con el corazón latiendo a un ritmo casi insoportable.
Cada paso la acercaba al altar… y a él. Amadeo sonrió, una sonr