—¡Regresa al Penthouse, ahora mismo! —gritó Amadeo con la furia ardiéndole en la voz.
El chofer no preguntó nada. Sabía que, cuando su jefe hablaba así, era mejor obedecer. Aceleró, esquivando autos con desesperación, como si su vida dependiera de llegar a tiempo.
Amadeo apretaba los puños, con los ojos clavados en la ventanilla. Solo quería verla. Solo quería detenerla antes de que cruzara una línea que tal vez no tendría retorno.
Sentía que el mundo se le caía encima, que el aire era un cuchil