—¡¿Cómo te atreves a ser tan cruel, Amancio?! —exclamó Rebeca con voz quebrada, pero llena de rabia contenida, enfrentándolo con una mezcla de indignación y dolor que le quemaba el alma.
Él la miró con frialdad, sin titubear ni una pizca.
—Lo soy, y punto —respondió, firme y directo—. Tú y Ernestina han sido peores. Acepta la realidad.
Rebeca sintió que su corazón se rompía en mil pedazos, pero aun así, con un hilo de voz suplicó:
—Mamá, lo siento... —dijo Ernestina, aun en el suelo, de rodillas