Mia retrocedió hasta chocar con la pared fría y húmeda de aquella celda improvisada. El corazón le latía con violencia, como si quisiera escapar de su pecho.
La desesperación le nublaba la mente.
Apenas pudo levantar las manos para defenderse cuando sintió cómo dos hombres enormes la sujetaban por los brazos con una fuerza brutal.
—¡Suéltenme! —gritó con voz desgarrada—. ¡No me toquen, malditos!
Los hombres rieron con crueldad, ignorando sus súplicas.
Sus manos, ásperas y sucias, se aferraban a su piel como garras.
La puerta chirrió detrás de ella y entonces apareció Silvia, radiante de malicia, con esa sonrisa torcida que siempre la caracterizaba.
—Vamos, muchachos —dijo con voz melosa y venenosa—. Hagan con ella lo que quieran. Hoy es de ustedes. Yo ya pagué por ese privilegio.
Mia la miró con los ojos desorbitados, incapaz de creer lo que escuchaba.
Silvia se inclinó hacia ella, rozando con un dedo su mejilla, antes de apartarse con asco.
—Adiós, primita. ¿Ves? Hubiera sido mejor q