Mia retrocedió hasta chocar con la pared fría y húmeda de aquella celda improvisada. El corazón le latía con violencia, como si quisiera escapar de su pecho.
La desesperación le nublaba la mente.
Apenas pudo levantar las manos para defenderse cuando sintió cómo dos hombres enormes la sujetaban por los brazos con una fuerza brutal.
—¡Suéltenme! —gritó con voz desgarrada—. ¡No me toquen, malditos!
Los hombres rieron con crueldad, ignorando sus súplicas.
Sus manos, ásperas y sucias, se aferraban a