Cuando Mia abrió los ojos, por un instante no supo en dónde estaba.
El techo blanco, la penumbra suave que apenas dejaba pasar la luz, el silencio extraño que la envolvía… Todo era desconocido.
Su respiración se aceleró y el corazón le martilló en el pecho. La angustia la envolvió antes de que pudiera reaccionar.
Entonces lo vio. A unos pasos de la cama, de pie, observándola con una mezcla de ternura y preocupación, estaba Aníbal. Sus ojos oscuros se clavaban en ella como si fueran capaces de le