Aníbal entró al consultorio del doctor con pasos pesados, sintiendo que el aire se volvía cada vez más espeso a su alrededor.
Su corazón golpeaba con violencia en su pecho, como presintiendo lo peor. El médico lo recibió con el rostro serio, sus ojos transmitían esa mezcla de cansancio y compasión que anticipa malas noticias.
—¿Cómo está? —preguntó Aníbal con la voz quebrada, casi implorando por una esperanza que ya se le escapaba de las manos.
El doctor bajó la mirada antes de hablar, como si quisiera darle unos segundos más de ilusión.
—Lo siento mucho, señor Aníbal… no pudimos salvar al bebé. Ha muerto.
El mundo se detuvo para él en ese instante. Aníbal retrocedió un paso, como si esas palabras fueran un golpe directo a su pecho.
Sintió un dolor profundo, un vacío imposible de describir.
Aún no se acostumbraba del todo a la idea de ser padre, a la responsabilidad inmensa que eso implicaba, pero saber que ese hijo, su hijo, jamás respiraría, lo devastaba.
«Era mi niño», pensó con un