Aníbal entró al consultorio del doctor con pasos pesados, sintiendo que el aire se volvía cada vez más espeso a su alrededor.
Su corazón golpeaba con violencia en su pecho, como presintiendo lo peor. El médico lo recibió con el rostro serio, sus ojos transmitían esa mezcla de cansancio y compasión que anticipa malas noticias.
—¿Cómo está? —preguntó Aníbal con la voz quebrada, casi implorando por una esperanza que ya se le escapaba de las manos.
El doctor bajó la mirada antes de hablar, como si q