Esa noche, cuando volvieron al departamento, el silencio era tan denso que parecía envolver las paredes.
Abril caminó delante, sin mirar a Amadeo. Sus pasos eran firmes, pero en su interior temblaba. No quería que la tocara, no quería que la abrazara. No después de todo lo que había pasado.
Amadeo intentó hablar, decir algo, pero ella levantó una mano sin volverse.
—Hoy no, Amadeo. Por favor.
Él comprendió. Solo suspiró, recogió una cobija del armario y se resignó al sofá.
Mientras ella cerraba