Al día siguiente, Mia despertó con una sensación extraña en el pecho.
Había llorado tanto los días anteriores que pensaba que no quedaban lágrimas en ella, pero esa mañana algo era distinto.
El peso que cargaba parecía más ligero, como si las cadenas invisibles que la mantenían atada se hubieran roto durante la noche. El mundo ya sabía la verdad, y esa verdad, por cruel y dolorosa que fuese, le había devuelto una fuerza que creía perdida.
Se levantó con renovada determinación.
Frente al espejo,