Rosalina tembló de miedo.
Cada músculo de su cuerpo estaba rígido, y su respiración se volvió entrecortada, como si el aire mismo la abandonara.
Negó una y otra vez con desesperación, levantando las manos en un gesto inútil de defensa.
—¡Es inventado! —exclamó, la voz temblorosa—. ¡No crean en esto! ¡No digan que es verdad!
Pero Aníbal rodó los ojos con una mezcla de incredulidad y desdén.
Su paciencia se había agotado. Cada segundo que pasaba, Rosalina seguía mintiendo, intentando manipular la