Cuando Gregorio llegó a la mansión Villalpando, el aire parecía haberse espesado de inmediato. Cada paso que daba sobre el mármol resonaba como un presagio.
Encontró a Mario en el estudio, sentado frente al escritorio, con la mirada fija en el vacío, pero al notar la presencia de Gregorio, un estremecimiento recorrió su cuerpo.
—¡Mario! —exclamó Gregorio con voz temblorosa, pero cargada de furia—. ¡¿Sabes lo que me dijo el médico?!
Mario levantó la vista, inseguro, con los ojos abiertos como pla