Amadeo rio con esa seguridad soberbia que siempre lo había caracterizado, una carcajada que sonaba a desafío en el salón entero.
—¡Eso jamás pasará! —dijo, con voz dura, clavando la mirada en Gregorio—. Nunca voy a dejar a Abril; aunque perdiera todo, aunque el mundo se derrumbara a mi alrededor, yo me quedo con ella.
Las palabras golpearon el aire como un mazazo. Gregorio, con el rostro contraído por la rabia y la desesperación, lo miró como si en Amadeo se concentrara todo lo que lo había trai