Mia volvió a su habitación con pasos vacilantes, como si cada movimiento pesara toneladas.
Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, calientes y traicioneras, dejando surcos que ardían en su piel.
Su corazón latía con fuerza, o quizás era el dolor que lo hacía sentir así. Se dejó caer sobre la cama, abrazándose a sí misma, buscando refugio de un mundo que parecía demasiado cruel y confuso.
—Solo quiero irme —murmuró con voz rota, más para sí misma que para alguien más—. Solo quiero desaparecer…