Ricardo y Beth salieron del salón principal rumbo al pasillo largo y silencioso del barco.
Las luces eran suaves, doradas, pero el ambiente entre ellos pesaba como plomo.
Había una tensión densa, una historia no resuelta, una herida que nunca cerró.
—¿Qué haces aquí, Beth? —preguntó Ricardo con una mezcla de sorpresa y desdén en la voz. Sus ojos oscuros brillaban bajo la luz tenue.
Beth, elegante y serena, lo miró fijamente. Su expresión era firme, pero en sus ojos se escondía una tormenta.
—Vin