—¡Quédate con ella! O con cualquier otra mujerzuela que se te cruce por delante. Pero a mí… ¡A mí jamás me tendrás! —espetó con voz quebrada—. Yo tampoco te quiero… y nunca, nunca lo haré.
Dhalia giró sobre sus talones y se marchó, con pasos apresurados, dejando atrás el eco de su propia valentía. Cada palabra había salido ardiendo de su garganta, pero ni siquiera esa explosión de orgullo le calmaba el alma.
Le dolía. Le dolía más de lo que quería admitir.
Él se quedó quieto, atónito. De todas l