Amadeo colgó la llamada con los dedos temblorosos. No dijo una sola palabra. El teléfono cayó con suavidad sobre la cama, pero su corazón latía como si acabara de recibir un disparo. Su mirada quedó fija en un punto invisible, y su rostro palideció tanto que parecía haber sido vaciado de toda emoción.
Abril, que lo observaba desde el otro lado de la habitación, se acercó de inmediato, alarmada.
—¿Qué pasa, amor? —preguntó, tocándole el rostro—. Estás blanco como un fantasma.
Él tardó unos segund