Aníbal corrió sin mirar atrás, impulsado por un instinto que combinaba miedo, deseo y urgencia.
El aire frío golpeaba su rostro, revolviendo su cabello mientras sus pasos resonaban contra el suelo húmedo de los jardines.
Justo cuando la vio perder el equilibrio al borde de la ventana, un grito escapó de sus labios, lleno de alarma y desesperación.
Sus músculos se tensaron y extendió las manos con velocidad felina, atrapándola antes de que cayera al suelo.
No era una caída terrible, pero suficien