En aquella mansión, Abril se sentía como un pájaro encerrado en una jaula dorada.
Las paredes eran elegantes, los pisos brillaban, las lámparas de cristal reflejaban destellos cálidos… pero para ella no había belleza alguna, solo la opresión de un encierro disfrazado de lujo.
Cargaba a su hijo contra el pecho, como si en sus brazos estuviera el último fragmento de libertad que le quedaba.
Lo mecían suavemente sus manos, pero por dentro su corazón latía con una mezcla de ansiedad y coraje.
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