El tiempo seguía su curso, pero para Amancio, los minutos pesaban como horas.
Caminaba de un lado a otro frente al auto negro, con el rostro tenso y los labios apretados, mirando el reloj una y otra vez, como si pudiera obligar a las manecillas a traer consigo una señal, una respuesta, una aparición milagrosa.
Pero no. Nada. El silencio de la tarde empezaba a tornarse cruel.
—Amancio… —dijo Rebeca, con una mueca fingidamente apesadumbrada—. Creo que debemos aceptar la verdad. Amadeo no vendrá. H