—¡¿Qué haces?! ¡Detente, vas demasiado rápido! ¡Podemos chocar!
La voz de Abril se quebró en un grito desesperado, con el corazón martillándole el pecho.
Sus dedos se aferraban al borde del asiento mientras el auto avanzaba como una bala por la carretera. Las luces de la ciudad parecían desdibujarse en líneas veloces, y su respiración se volvió errática, descompasada.
Pero el hombre al volante no obedecía. Sus ojos estaban fijos en el camino, como si no la oyera. O peor aún… como si no le import