Mia salió corriendo de la sala con pasos torpes pero decididos, la respiración entrecortada y el corazón latiéndole como un tambor desbocado.
Cada zancada parecía impulsada por el miedo y la desesperación, como si el suelo bajo sus pies fuera insuficiente para sostener la urgencia que sentía.
Su mirada se clavaba en cualquier puerta que pudiera ofrecerle una salida, cualquier lugar donde pudiera desaparecer y que nadie la encontrara.
—¡Mia! —gritó Aníbal con desesperación, alzando la voz mientra