Las tres gotas de sangre real que caen al suelo de mármol blanco suenan como martillazos en el silencio sepulcral del Gran Salón.
Magnar sigue sin mirar su brazo herido. Sus ojos dorados siguen fijos ahora en Freya, que jadea frente a él con la postura de un animal acorralado, sus dedos curvos manchados con la sangre de su esposo.
—¡Ha derramado la sangre del Alfa! —brama el padre de Kian, rompiendo el estupor general—. ¡La Ley es absoluta! ¡Esa criatura debe morir!
Y el grito actúa como una se