El aire en el jardín subterráneo cambia de golpe, ya no huele a flores de invierno ni a humedad de piedra. Huele a algo dulce, espeso y primitivo. Huele a miel quemada y a bosque en llamas.
Magnar retrocede un paso, como si el aroma de Lía fuera un golpe físico. Sus fosas nasales se dilatan, inhalando esa esencia que su lobo reconoce al instante, aunque su parte racional intente negarlo.
—Lía... —gruñe él, y su voz ya no suena humana. Es un rugido bajo, vibrante—. Tienes que alejarte. Ahora.
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