Ivana entendió algo fundamental esa mañana: la fuerza no la salvaría y la rebeldía tampoco.
Si quería sobrevivir —y proteger al bebé que crecía en silencio dentro de ella— tenía que pensar como Eliot, no enfrentarlo.
Así que cambió.
Cuando él entró a la habitación, ella estaba sentada en la cama, con la espalda recta y las manos entrelazadas sobre el regazo. No había desafío en su mirada. Solo cansancio.
—Buenos días —dijo ella, en voz baja.
Eliot se detuvo un segundo. No esperaba eso.