Ivana tardó en aceptarlo porque Eliot fue cuidadoso.
No hubo gritos, no hubo golpes, no hubo una orden explícita que pudiera señalar como el momento exacto en que perdió su libertad.
Fue progresivo, metódico.
La primera vez que quiso salir sola, él sonrió con paciencia.
—Hoy no —dijo—. Aún no es seguro.
La segunda vez, ni siquiera sonrió.
—No insistas.
La tercera, la puerta ya estaba cerrada con llave.
Ivana se quedó frente a ella varios segundos, la mano sobre el picaporte inmóvil, como si aún