La sala privada del club de los Lauren olía a madera vieja y poder. Una lámpara de araña colgaba en el centro, derramando luz cálida sobre la mesa larga donde ya estaban sentados los actores de la conspiración: Elizabeth en un costado, con un rostro serio y severo; Mark con las manos entrelazadas, de manera calculada. Lola, demasiado natural y tranquila y por último Margarette, que se sentaba como quien preside un altar, orgullosa y con sonrisa perfecta. Pero en la cabecera, con la actitud de q