El amanecer se filtraba su luz a través de las persianas de la oficina de Dante. Los mapas estaban abiertos sobre la mesa, y las fotografías de los autos, las armas y las cuentas secretas cubrían cada superficie. Edgar, de pie frente a él, sostenía un expediente nuevo.
—El dinero viene de una cuenta en Panamá, vinculada a una compañía fantasma —explicó—. Pero hay algo más: uno de los teléfonos que rastreamos anoche se activó en el puerto.
Dante levantó la vista.
—¿El Cuervo?
—No lo sabemos aún.