El atardecer caía sobre la finca con un cielo enrojecido, como si el sol también sangrara por los días pasados.
Dante observaba desde el balcón, los ojos perdidos en el horizonte.
Llevaba días sin sonreír.
Desde el accidente, cada detalle, cada sonido, era una amenaza posible.
Edgar irrumpió en la sala, cubierto de polvo, el rostro tenso.
—La tenemos.
Dante giró lentamente.
—¿A quién?
—A una de las mujeres que estuvo cerca de la carretera la noche del sabotaje. Estaba escondida en una c