El amanecer tiñó el horizonte de gris. La ciudad todavía dormía cuando Dante cerró el maletín y se ajustó el reloj.
En el interior, reposaban las fotos del crimen de Ramírez, los planos de la mansión y una serie de registros que Edgar había obtenido del teléfono del mecánico.
Cada número, cada nombre, cada detalle conducía a un mismo punto: los Lauren.
Ivana lo observaba desde la puerta, con la mirada cansada.
—No me digas que vas a salir otra vez sin escolta.
—No puedo quedarme esperando a que