La lluvia golpeaba las ventanas con una consistencia enfermiza.
El agua corría como si quisiera borrar las huellas de la noche anterior.
Pero dentro de la mansión Brown, el peligro ya no estaba afuera. Estaba en las paredes, en las sombras, en los silencios.
Ivana despertó sobresaltada. Había soñado con disparos, con cristales rotos, con la voz de Dante gritando su nombre.
Pero cuando abrió los ojos, la pesadilla no se había ido: solo se había vuelto real.
El pasillo frente a su habitación