El reloj marcaba las 4:15 a.m. cuando un sonido seco, casi imperceptible, rompió la quietud de la mansión.
Ivana abrió los ojos al instante. No fue un ruido común: era el chasquido corto de algo metálico, como un seguro al ser liberado.
Se incorporó despacio, los sentidos en alerta.
El aire en la habitación se sentía pesado, inmóvil, casi expectante.
De pronto, el cristal de la ventana estalló en mil pedazos.
El grito se le ahogó en la garganta.
Cayó al suelo mientras una bala atravesaba