—¿Cómo está? —preguntó Elena mostrando una preocupación genuina.
Aunque el guardaespaldas sabía que no podía confiar en los gestos de su patrona, por segundos tuvo dudas. La observó en silencio como incitándola a explicarse.
—Pensé que no le importaba —cuestionó finalmente, arqueando una ceja.
—No te pago para que pienses, Franco. —Elena esbozó una sonrisa fría y condescendiente.— Estás aquí para obedecer mis órdenes. —aclaró.
—Hice lo que usted me pidió, patrona. —contestó con seriedad.