—No está, Liliana Santos no está. ¡Ha escapado!
—¿Qué dices? —interrogó Elena. Y antes de que la pelirrubia respondiera, la mujer le ordenó a su guardaespaldas— Ve y tráela ahora mismo, no puede haber ido muy lejos.
—Sí, señora.
Emma dirigió la mirada hacia su madre con cierto recelo, mientras Elena se reclinaba del espaldar de su asiento aún perturbada.
—¿Dónde está tu hermano? —preguntó entonces.— Necesito conversar con él.
—No lo sé, creo que aún no ha llegado —respondió, dubitativ