La habitación era un santuario de silencio, iluminado por la tenue luz de la lámpara de la mesa de noche y el resplandor plateado de la luna que se filtraba a través de la única ventana. El aire frío se colaba por la abertura, trayendo consigo un escalofrío que se arrastró por la piel desnuda de Alina, erizándola como si respondiera al peligro latente en la penumbra.
Arrinconada contra el espaldar de la cama, se abrazaba a sí misma en un intento desesperado de preservar el poco control que aún