Viktor no hizo más caso al rechazo de Alina. En lugar de seguirla o insistir, se limitó a observarla un instante más con su habitual expresión impenetrable, luego se giró con parsimonia y caminó hacia su despacho. Al cerrar la puerta tras de sí, caminó hacía su escritorio y se recostó en el respaldo de su silla de cuero negro, entre los destellos dorados que filtraban las persianas, se colaba un destello de iluminación natural a la oscuridad que había en todo el mobilairio. Encendió un cigarro