—¿Todo está en orden? —me acerco a la mesa que da al ventanal. Teclea cosas en una laptop ultra delgada, fuma sin parar y en él cada molécula exuda enojo—. ¿Diablo?
Me detengo tras la silla que ocupa y aprieto sus hombros dándole un firme masaje.
—Todo está en orden.
Envía un mail que no alcanzo a leer y cierra la computadora.
—¿Por qué siento que me estás mintiendo?
Suspira con suma tensión y basta el gesto corporal para ponerse en evidencia.
—Porque te estoy mintiendo —lo admite a secas. No l