Cuando llegó al pasillo principal, Marco, su hermano, ya lo estaba esperando junto a la puerta.
Se miraron unos segundos en silencio. Marco fue el primero en hablar.
—¿Te vas sin decir nada?
Adriano no se detuvo, pero tampoco desvió la mirada.
—No hay nada que decir.
Marco entrecerró los ojos.
—Sí que lo hay. Estás dejando todo atrás como si no valiera nada. El club, la familia... ¿vas a desaparecer así?
—No estoy desapareciendo. Solo me voy a Roma —respondió, con tono seco.
—¿A Roma? ¿Por qué?