Sin decir más, lo arrastró por el pasillo hasta la oficina de Luca.
Cuando abrieron la puerta, Luca estaba sentado detrás de su escritorio, con la expresión completamente seria.
Ni una pizca de amabilidad.
Adriano empujó a Leo hacia el interior y luego cruzó los brazos.
—Es todo tuyo.
Luca ni siquiera se inmutó. Simplemente lo observó en silencio, con una mirada que decía más que cualquier palabra.
Leo se pasó una mano por la nuca, tratando de mantener su actitud relajada, pero algo dentro de él le decía que esto era diferente.
Luca entrelazó los dedos sobre el escritorio y finalmente habló.
—Mírame.
Leo levantó la mirada.
Luca sostuvo su contacto visual sin pestañear.
—Crecimos juntos. Jugamos en la misma casa, tuvimos las mismas oportunidades. Pero hay una diferencia enorme entre tú y yo.
Leo sintió la presión de esas palabras.
—¿Ah, sí? ¿Cuál?
Luca apoyó los codos en la mesa y su voz se volvió aún más fría.
—Yo soy dueño de una franquicia.
El impacto de la frase golpeó a Leo más fu