Pero Leonardo no se movió.
Siguió de pie en el centro del campo de entrenamiento, con el rostro enrojecido por la rabia, los puños y el orgullo destrozado.
Cuando Luca avanzó con calma, su mirada afilada se fijó directamente en su sobrino.
—Leonardo.
El joven se giró bruscamente. Su pecho subía y bajaba con respiraciones agitadas.
—¡¿Qué?!
Luca no se alteró.
—¿Se puede saber qué carajos estás haciendo?
Leo apretó la mandíbula.
—¡Estoy harto de esto! ¡De que me traten como si fuera basura!
—No t