El café de la mañana sabía a ceniza en la boca de Daniel.
Había revisado la agenda del día tres veces —una rutina que normalmente lo tranquilizaba, como contar rosarios para un creyente—, pero esta mañana cada línea de texto parecía estar escrita en un idioma extraño. Las palabras se difuminaban ante sus ojos mientras su mente se negaba a procesar la información más básica: horarios, nombres, cifras que debería haber memorizado desde la noche anterior.
Concéntrate, se ordenó a sí mismo. Eres el