El aire acondicionado susurraba su letanía mecánica en la sala de juntas de Consolidated Global Solutions, pero su zumbido quedó ahogado por el rugido silencioso del escándalo. Katarina Volkov había desplegado su arsenal con la precisión de un cirujano y la crueldad de un verdugo. Sus dedos, adornados con anillos de platino que reflejaban las luces halógenas, se deslizaron sobre el control remoto como una caricia mortal.
La pantalla gigante cobró vida con una obscenidad luminosa que taladró los